De la cama en la que dormí mi primera depresión
Iba a comenzar disculpándome por haber escrito tantas cosas pesimistas hasta ahora pero creo que es importante hacerlo. El miedo que tienes cuando estás deprimido es abrumar a los de tu alrededor: cansarlos, hartarlos, alejarlos; y de ahí la máscara y las sonrisas y las excusas. Pero no, a veces es importante abrumar con lo que se dice, no podemos pasar toda la vida complaciendo a las personas y haciéndonos a un lado, relegándonos al montón de deprimidos de clóset. Supongo que esta es una salida oficial de ese clóset: soy Jorge y vivo con depresión. Aquí es cuando por costumbre hago un chiste y después aclaro que no estoy tan mal realmente y que ya casi voy a terapia y que no pasa nada, *finger guns*. Pues no, esta vez no hay chiste ni comic relief. Llevo viviendo en depresión constante desde hace más de una década y no me da pena admitirlo.
Afortunadamente el post de hoy es menos dramático, pero me pareció importante platicar de cómo la primera vez que sentí esto que ahora siento a diario lo sentí a los 8 años.
Interludio 2: de la cama en la que dormí mi primera depresión
Tengo muy claro el recuerdo de que cuando era niño mis papás me enseñaron a decir "estoy deprimido" cuando me sentía triste sin saber por qué. O así lo interpreté yo, no lo sé, pero eso decía cuando de la nada sentía tristeza o aburrimiento o vacío. Vacío es la palabra: recuerdo perfectamente cómo me sentía cuando me acercaba con mi mamá a decirle "mami, estoy deprimido". Es un sentimiento que ahora es muy común a lo largo del día. A los 4 o 5 años se curaba muy fácil con un juego o un helado y ojalá aún fuera así.
Recuerdo la sensación (ya en ese entonces) de no querer abrumar a mis papás diciéndoles que estaba triste, así que fueron cada vez más esporádicas las situaciones en las que me acercaba a contarles que me sentía mal. No lo hice consciente, yo creo, al menos no a un nivel que 20 años después entiendo mejor. No sé qué pasó realmente.
Tuve una infancia muy feliz, eso sí. Los recuerdos más antiguos que tengo de ella son de tratar de quedarme despierto hasta lo más tarde posible para esperar a que mi papá llegara del trabajo, a veces con un juguete sorpresa. Mi mamá trabajaba desde casa y yo le desconectaba el cable del internet noventero para que me hiciera caso. Creo que terminó llenándolo de cinta canela para que yo no lo pudiera jalar, la pobre.
Me acordé de los ruidos que hacía la computadora cada que se conectaba a internet, ¿qué chingados eran? ¿Por qué sonaba así? Seguro Tom Scott tiene la respuesta en alguno de sus vídeos de YouTube. Recordatorio: buscar el porqué de los ruidos del internet de los noventas.
Poco después de cumplir 8 años es en donde creo que sentí esto por primera vez. No fue el comienzo pero fue mi primera experiencia, eso sí. Mi papá trabajaba en Caterpillar, la compañía de las máquinas de construcción y esas cosas, y lo mandaron a trabajar en Querétaro. Creo que antes de la noticia yo no sabía ni qué era Querétaro ni dónde estaba, me parecía alienígena. Ahora que lo pienso bien sí traté de recordar por mis clases de la primaria qué lugar era y jamás di con la respuesta.
Pues bien, pasa un par de meses y nos mudamos. Después de llorar y con el luto por perder a mis amigos y alejarme de mi primos llegamos a Querétaro al Holiday Inn de la avenida 5 de Febrero. Aún no teníamos en dónde vivir y entonces no era tan fácil como buscar rentas en el Marketplace de Facebook así que la compañía se hizo cargo de colocarnos en un hotel, todo pagado, mientras nos asentábamos.
No todo fue llanto y duelo, ese hotel fue divertidísimo. Leo y yo nos la vivimos no sé si una o dos semanas en la alberca, jugando ping pong y pidiendo todo el helado de chocolate que se nos antojara. Era como Disneyland sin botargas. Bueno, y sin atracciones y mucho menos Disney pero de ir a Orlando a revivir nuestra estancia en el Holiday Inn, para mí gana el hotel por mucho.
Fuimos a ver un montón de casas hasta que encontramos la definitiva en Jardines de la Hacienda: una casa de dos pisos muy bonita, vieja pero cuidada, en una colonia llena de árboles y el Cinépolis a unos minutos caminando. Puede que me equivoque pero estoy casi seguro de que la renta era de 4000 pesos y chale, cómo me gustaría rentar en 2019 una casa en Jardines por 4000 pesos.
A pesar de extrañar a Luis Eduardo, a Ashley (que era hombre. ????) y a mis primos creo que todo iba bien. Al menos hasta que entré a la escuela.
No sé si les ha tocado vivirlo, pero ¿ubican ese sentimiento de llegar a mitad de ciclo a un salón con 30 personas desconocidas y tratar de encajar siendo un niño inseguro? Después de todo lo que he vivido y lo que me falta vivir, no tengo problema en catalogar esa experiencia como de las más horribles que le pueden tocar a un niño como yo. Volví a vivir, por supuesto, lo mismo un montón de veces después por las mudanzas, pero ya tocará contarlas después. Para fines narrativos me gustaría recordar con más detalle cómo lo viví, pero sé que incontables noches me dormí llorando por sentirme rechazado, en la oscuridad de mi cuarto lleno de juguetes, en la cama en la que dormí mi primera depresión.
Hice amigos y viví la vida de un niño normal en fiestas y pijamadas y jugar PlayStation pero al final del día había algo mal conmigo. Me sentía frustrado y soñando con regresar a mis antiguos amigos, a mi antigua vida en mi antigua casa. En la escuela no encajaba muy bien y aunque jugaba y me divertía, siempre me sentí como el último, el reemplazable. Ahora me cuestiono y no sé si de verdad me rechazaban o si era solo algo dentro de mi cabeza. Comencé a desarrollar mi gusto por la lectura y lo diferente y comencé a cuestionar todo lo que me rodeaba: supongo que si no encajaba en el mundo a mi alrededor, quise crear un mundo nuevo para mí. Leí a Edgar Allan Poe y a mis 9 años es obvio que no entendí nada, pero el recuerdo de haber leído La máscara de la muerte roja es permanente. No era el típico niño pero tampoco era taaaan raro, creo. Eso sí, recuerdo con gusto y risa cómo me veía al espejo y soñaba con perforarme la cara, vestirme de gótico y salir de noche.
"-¿Qué quieres ser de grande, Jorge Andrés?
-Gótico."
Me cae muy chido el Jorge de 9 años: era un niño muy curioso, hacía muchas preguntas, cuestionaba a dios, el himno a la bandera, la autoridad de los profesores y las reglas de la casa. Digo, no era un rebelde total y ojalá hubiera sido más punk pero por más tímido e inseguro que fuera, estoy a gusto con mi yo de 2002.
Probablemente la depresión pasó, e inadvertida y sin tratar se me olvidó. Me acostumbré a mi rol del último amigo y seguí viviendo una vida de niño normal, pero la marca de ser el rechazado y el de las burlas se me quedó por siempre. Ese sentimiento lo fui entendiendo mejor conforme crecí y muchas cosas que pensé y descarté en ese entonces revelan muchísimo sobre la persona que creció para ser el que escribe esto a la 1 de la mañana después de varios litros de cerveza a lo largo del día. Se nos enseña a minimizar las vivencias de los niños, pero el haber estado tan triste fue válido. Es válido aún.
Nunca sabemos quién está deprimido, ni podemos asumirlo. Me parece importante crear una cultura de la plática y la apertura desde pequeños, tal vez si eso existiera podría haber platicado sin pena de cómo me sentía y el Jorge de ahora sería diferente. Aún así no guardo recelo ante mi pasado y me alegra estar en este punto, deprimido no tratado como todos, poder decir abiertamente que no sé qué tengo, no sé qué tuve, no sé cómo se trate, no sé nada realmente. No lo sé y si me preguntan qué hacer si se sienten igual que yo, tampoco lo sé. Lo único que sí sé es que mi historia no es única ni especial, es una historia permanente, repetida y constante, y quiero hablarle directamente a los rechazados y tristes y decirles que está bien estar perdido, está bien no saber nada: aceptar tu ignorancia y tu falta de rumbo es el punto de partida para poder mejorar, supongo. Y si eres de los ociosos que por razones que ni tú entiendes has leído hasta aquí, y en algún momento dije algo que resonó con cómo te has sentido alguna vez, que sepas que entre tristes nos entendemos.
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