De la primera cama que compré y qué buenos tiempos
No todo ha sido depresión y drama, también tengo buenos recuerdos y experiencias que no quiero olvidar jamás. Hoy quiero platicar de una historia optimista, una que aunque no haya salido como se planeó (porque creo que nada sale totalmente como lo planeas), me dejó algunos de los recuerdos más dulces que tengo. Me da gusto platicar esto y estoy emocionado por dejar evidencia de todo esto en un post, así que gracias por acompañarme en un viaje que me dejó muchísimo y que me divirtió el doble.
Teníamos ya uno o dos meses de estar buscando dónde rentar. Zaira y yo estábamos seguros de irnos a vivir juntos y estábamos emocionados y contentos por la decisión. Con temor a equivocarme por el tiempo (soy malo con las fechas), la relación llevaba como un año más o menos y no podíamos esperar a por fin crear algo juntos; salir de nuestra rutina y cambiar nuestras vidas.
El buscar en dónde rentar recayó un poco más en mí porque ella estaba bastante ocupada con el trabajo y puedo decir que lo peor que le puede pasar a una persona es buscar rentas, ES HORRIBLE. Mil teléfonos que ya no sirven, publicaciones en Facebook que ya te ganaron, precios exorbitantes que encuentras en Google y decepción por todos lados. Joder, qué horrible fue encontrar casa para rentar, estábamos casi resignados a rentar una casa fea en una de esas colonias nuevas en la periferia porque todo lo céntrico era caro en extremo. Nomás de acordarme me estreso.
Mil opciones por aquí y por allá y encuentro la casa que, para mí, era la ideal: una casita de un piso en Santuarios (la colonia de mi madre y en la que yo llevaba un buen rato viviendo), barata, nueva y bonita. En retrospectiva me arrepiento un poco de mi decisión porque sé que lo que me llevó a elegir esa casa fue la cercanía con mi mamá y no tanto que fuera una buena ubicación. La casa, eso sí, me encantó desde la primera vez que la vi.
La ubicación, como dije, fue terrible. Los camiones acá (porque mientras escribo esto estoy con mi mamá, en la misma colonia) tardan siglos en pasar y todos los taxis cobran una millonada como si neta viviéramos en un estado desconocido y hostil. Mñeh.
Se la muestro a Zaira, vamos a visitarla y dice que sí. Es la buena.
Un par de día después quedo con el dueño, firmo el contrato, pago el depósito y la renta corriente, y de repente ya tenemos una casa rentada. Nuestra. Pocas cosas en la vida me han dado tanta satisfacción como tener las llaves de un lugar que era mío totalmente. Esa noche que todo quedó arreglado me quedé un par de horas dentro, todo vacío, sin muebles y sin planes concretos; contento sabiendo que tenía una casa. TENÍA UNA CASA. Es que nomás de acordarme me emociono, no saben lo emocionante que es tener un lugar que puedes llamar exclusivamente tuyo. Le avisé a Zaira (estaba trabajando) y no recuerdo cuál fue su reacción pero seguro que se emocionó también. Puta, qué buena sensación.
Tardamos dos semanas en mudarnos y mientras tanto cada que tenía chance me iba a mi casa a pasar el rato. Vacía y sorprendente, pero era mía.
Un par de días antes de mudarnos definitivamente, le conté a mi mamá que ya había rentado una casa y que ya me iría y su reacción fue de sorpresa: "¿cómo es que apenas me dices?". Y sí, me daba tanto miedo contarle mis planes que se los dije hasta que ya no había de otra. Siempre me ha costado mucho comunicar este tipo de cosas con ella, supongo que por sentirme culpable de dejarla. Que ahora que lo veo, no hay nada malo en seguir tus propios planes y vivir tu propia vida, pero me gustaría mucho mejorar mi comunicación con ella.
Pasan algunos días y llega el día que teníamos planeado para la mudanza. Salimos al centro, cenamos tacos y en vez de despedirnos, por primera vez nos regresamos juntos a nuestra casa. Yo me estaba echando para atrás, le pedí retrasar un poco la mudanza, pero ella, firme, me pide que respete la fecha que teníamos pactada y que ya nos vayamos. Yo estaba temblando de emoción y de miedo, pero lo hacemos.
Pasamos a casa de su mamá por sus cosas, nos llevamos un par de muebles y a su perrita y partimos camino a nuestra nueva vida.
El camino fue lo más gracioso: nos fuimos en uno de esos taxis mixtos, una pickup, y yo iba atrás en la caja con las cosas y Putita (su [nuestro] perro). Me llené de polvo y pelos de perro y apenas y lograba sostenerme y detener la correa de nuestra nueva mascota al mismo tiempo, y cada tope que pasaba y cada que los muebles brincaban me reía, estaba tan feliz, tan emocionado, que el viaje más incómodo de mi vida fue el más divertido.
Llegamos a la casa y no sé si bailé de emoción pero definitivamente era el momento más emocionante de mi puta vida: un lugar para nosotros, un lugar para construir algo nuevo, un lugar para vivir una nueva y mejor vida; enamorados, juntos y emocionados.
Una vez que bajamos todo del taxi y lo metimos a la casa, fui a casa de mi mamá (a dos minutos caminando) a avisarle que por fin me iba a mudar y que no me esperara para llegar a dormir. "Qué onda, jefa, es medianoche pero nomás vengo a avisarte que ya me mudo. Ahí nos vemos". Pinche Jorge qué malo eres comunicándote.
Había comprado nuestra cama con una semana de anticipación así que tuvimos dónde dormir cómodamente. Digo cómodamente nomás por expresar que teníamos una cama en forma pero la verdad es que es el colchón más culero en el que hemos dormido. Pero bueno, $1,400 por base y colchón no es precisamente una garantía ortopédica.
No recuerdo bien si esa noche o si alguna de las siguientes estrenamos nuestro horno de microondas (que mi mamá nos regaló) con unos molletes improvisados. Eso sí, jamás olvidaré esos molletes, aguados por no haber sido hechos en un horno real y con un pico de gallo escaso, pero qué rica fue esa cena: la primera en forma de nuestra nueva vida juntos.
La casa, sobra decir, no tenía nada. No teníamos muebles aparte de la cama y una mesita esquinera que Zaira trajo de casa de su mamá y aunque platicar provocaba eco en esa casa vacía, qué felices fuimos. Qué bonita motivación de trabajar para comprar muebles, qué bonita sensación de decir "qué cagado es no tener nada y sentir que lo tengo todo porque estamos juntos".
Los meses pasaron y poco a poco fuimos comprando cosas y acomodando nuestro espacio. La casa no tenía cocina así que todo lo que comíamos lo hacíamos en una estufa eléctrica culerísima y lo servíamos en los únicos dos platos que teníamos, comiéndolo con los únicos dos tenedores bajo nuestra posesión y bebíamos en nuestros únicos dos vasos. La casa, llena de eco, de verdad que era un lugar lleno de vida y amor. Ah, y cabe mencionar, nuestros primeros sartenes y ollas los encontré en un basurero fuera de un restaurante en el centro. Estaban buenos y servían, pero parece que por tanto uso los del restaurante los sacaron y los dejaron para que alguien se los llevara. Obvio los lavé a consciencia y pues bueno, nos logramos ahorrar el gasto de comprar una batería de cocina.
Tengo que hacer un paréntesis (de vuelta a la realidad), y decir que ambos estábamos muy deprimidos. Sé que si cuento esto con tanto optimismo corro el riesgo de olvidar el hecho de que a pesar de la emoción de los enamorados, ambos estábamos en un punto de nuestras vidas en el que haber rentado una casa y haber comenzado una vida nueva no era suficiente para olvidar nuestros problemas. He de admitir que mi emoción y mi felicidad ingenua evitaron que notara lo infeliz que era Zaira y si pudiera viajar en el tiempo, volvería a ese punto y me obligaría a mí mismo a salir de mi burbuja de novedad y caer en la realidad de que lo más importante era escucharla y apoyarla más de lo que hice. Que traté, por supuesto; di todo de mí por tratar de conseguir su felicidad, pero tal vez me faltó más. De verdad me esforcé y di todo de mí por conseguir que fuéramos felices. En fin, este es un post optimista así que seguiré platicando de lo bueno.
El primer mueble que tuvimos (me encanta, jajaja), fue una banca hecha con madera robada. Le pedí prestada una sierra eléctrica a un compañero de trabajo y usando basura de la construcción de en frente, construí una banca feísima. Qué divertido fue esperar a Zaira (que salía a medianoche de trabajar) todos los días durante un mes, cortando poco a poco la madera, peleándome conmigo mismo por no saber construir nada, barriendo aserrín y esperando al momento de tenerla terminada para presumírsela. Ingenuo, divertido, emocionado y contento por construir con mis propias manos el primer mueble de nuestra casa.
Cuando la terminé la contemplé con un poco de ironía pero más emoción: lucía mal. La madera, sin tratar, se veía madreada y honestamente las tablas duras y rectas no eran el mejor lugar para quedarse sentado más de unos minutos, pero qué increíble sentimiento el de haber construido algo yo solo, con mis propias manos y sin dinero. He de haber gastado 50 pesos, entre broca y clavos, para construirla, y pocos momentos tan gratificantes he vivido como el de esa tarde en el que logré construir nuestro primer mueble.
Recuerdo que su reacción fue parecida a la mía, se emocionó al ver por primera vez esa banca tan fea, y qué feliz me sentí. No sé si de verdad le dio gusto o solo quiso hacerme sentir bien, pero qué útil me sentí. Qué bonito fue ver nuestra casa con algo más que una cama, una SuperFlama (la marca de la estufa fea) y espacio vacío.
A partir de ahí poco a poco fuimos ahorrando y comprando lo que hacía falta y qué increíble el momento en el que llegó la sala y cuando nos fueron a dejar nuestro comedor.
Poco a poco, y con mucho esfuerzo por parte de ambos, logramos amueblar nuestra casa y transformarla de un lugar vacío y con eco, a un hogar con plantas, muebles, cuadros, decoraciones y chucherías. Fue mi primer hogar, la primera vez en muchos años en que pude experimentar una sensación de pertenencia. Esa casa, ese hogar, era el fruto de nuestro esfuerzo y era el lugar al que ambos, juntos, pertenecíamos.
Jamás voy a olvidar lo feliz que fui ahí. Y cada que salgo a tomar y regreso borracho y derrotado a casa de mi mamá, me detengo unos minutos frente a mi antigua casa y dejo que todos esos recuerdos me invadan. La primera planta que compramos, los primeros cuadros que colgamos. Cómo conseguimos un roomie y lo mal que salió, cómo reímos y lloramos en la banca fea que hice, cómo dormimos tantas noches abrazados en nuestro colchón barato. De las veces que, sin dinero, robé comida de la Bodega para comer. Cómo peleamos con los cientos de mosquitos la vez que olvidé cerrar la ventana, cómo fuimos a la cena de navidad y regresamos a nuestro hogar. Las veces que discutimos, las veces que nos emborrachamos. Las cenas deliciosas que cocinamos en nuestra estufa eléctrica de doscientos pesos. Todas las cosas que vivimos en esa casa de Santuarios las voy a recordar con tanto gusto, porque gracias a ello soy la persona que soy ahora. Y si nos fue bien o si nos fue mal; si estuvimos deprimidos o si fuimos felices, todo lo recordaré con cariño siempre, porque ahí viví en la primera cama que compré, y qué buenos tiempos.
Comments
Post a Comment