De los cojines en la sala de Echegaray
No siempre estoy de bajón, tengo días (o ratos) de euforia en los que canto y bailo sin razón aparente. ¿Será otro signo de locura? Lo dejaremos como un misterio por ahora, amigos, pero sepan que mi estado constante no es en absoluto el de estar triste. En este momento estoy chido y creo que es un estado favorable para contar la historia de los cojines en la sala de Echegaray. Esta es probablemente la historia más loca y la que más me avergüenza, pero creo que escribirla será el último broche para dejar esto atrás.
Interludio 1: de los cojines en la sala de Echegaray
La historia, para no hacerla larga, empieza, en resumen, así:
Tenía 15 años cuando conocí a mi primer amor, Paola. Ese nombre a mis 24 ya no tiene ningún poder pero los que me conocen ya saben cómo va más o menos esta onda y cómo casi no la mencionamos. Es como Voldemort si les gusta esa saga horrible.
Paola y yo estuvimos en una relación a distancia de muuuucho tiempo. Todo empieza bonito y cursi, ambos medio suicidas nos apoyamos con (¿o reforzamos?) nuestras tristezas y eso nos conecta muy fuerte. Al menos al principio.
Todo era color de rosa hasta que uno o dos años pasan y Paola se transforma. No sé si haya cambiado o si yo nunca noté cómo era, pero si quieren definir una relación tóxica este es el ejemplo perfecto. A mis 17 estaba ya totalmente dominado por ella, vivía bajo sus caprichos, sus exigencias y sus chantajes y celos. No tenía amigos, no me llevaba bien ya ni con mi propia familia y no tenía ninguna otra motivación que no fuera ella. Me quitó todo.
Ahora bien, que quede claro que siempre he sido de la idea de que nunca hay una víctima y un victimario en una relación: siempre es cosa de dos y no se puede culpar solo a uno. Pues bueno, esta es la excepción. Paola era como el diablo nomás que sin poderes divinos. Algo que no digo muy seguido pero que tengo muy claro es que viví una situación de violencia psicológica muy clara, así que ojo que no solo pasa con hombres machos y mujeres sumisas: puede pasarnos a los hombres también. Por esa masculinidad inculcada me da pena admitirlo (que no debería, lo sé) pero es cierto. En fin.
De las cosas más WTF que tuve que vivir con ella fueron meses en los que por su dependencia y sus celos tenía que estar en llamada por Skype con ella las 24 horas del día. Neta. Tenía unos 15 minutos libres al día para ir a cenar con mi familia pero si más tiempo pasaba y ella no estaba de buen humor, el teléfono de la casa sonaba y al otro lado sus gritos me reclamaban haberme separado de mi iPod tanto tiempo. Obvio se imaginan lo fracturada que estaba mi relación con mis papás y con el mundo exterior.
Pero bueno, la historia es sobre la cama en la que dormía así que tenemos que avanzar un poco más hacia el futuro, pero creo que entraron ya en contexto.
Cumplo 18, termino la prepa y un miércoles 28 de agosto me escapo de mi casa en Querétaro para irme a vivir a la suya en la colonia de Echegaray, en México. ¿Por qué el 28 de agosto? Porque era el aniversario luctuoso de su perrito y no quería estar sola. UGHHHH. Esta es la parte que me avergüenza y creo que siempre voy a sentir que le debo algo a mi familia por haber hecho esto.
Cambié en el banco una de esas monedas conmemorativas de plata para tener para el autobús y a mediodía estaba ya en su casa, listo para comenzar mi nueva y emocionante vida independiente.
Pasaron algunos meses y poco a poco me reconcilié con mis papás. Mi hermano estaba furioso y con justa razón: lo dejé sin avisar. Me dolió mucho su recelo y su resentimiento, pero honestamente me lo merecía. Poco a poco reestablecimos nuestra relación y ahora tengo muy claro que nunca volveré a dejar a mi familia fuera de mis decisiones. Uno aprende a putazos. En fin.
Cambié en el banco una de esas monedas conmemorativas de plata para tener para el autobús y a mediodía estaba ya en su casa, listo para comenzar mi nueva y emocionante vida independiente.
Pasaron algunos meses y poco a poco me reconcilié con mis papás. Mi hermano estaba furioso y con justa razón: lo dejé sin avisar. Me dolió mucho su recelo y su resentimiento, pero honestamente me lo merecía. Poco a poco reestablecimos nuestra relación y ahora tengo muy claro que nunca volveré a dejar a mi familia fuera de mis decisiones. Uno aprende a putazos. En fin.
Conseguí un trabajo en un periódico por 4000 pesos al mes y todos los días salía contento a trabajar, portafolio viejo en mano, camisa mal planchada y un sentimiento rarísimo de autorrealización y culpa constante. "Es mi sueño", decía, y probablemente sí lo era, pero conseguirlo de esa forma no era mi plan.
Mi cama, como se imaginan, eran los cojines de la sala en el piso. Nada incómoda, honestamente, pero sobra decir que no había espacio que pudiera llamar mío. El único momento mío que tenía eran los 15 minutos al despertar en los que podía revisar Facebook sin la mirada juiciosa de Paola; el resto de día era para trabajar de 9 a 5 y cumplir sus caprichos de 5 al cierre. Trabajo de tiempo completo.
Aquí comienza la parte fuerte y quiero dejar muy claro que aunque yo por dentro la odiaba y odiaba cómo deshizo mi vida a su antojo, no la culpo en absoluto por los eventos que ahora voy a platicar.
Su salud mental, por desgracia, se deterioró rápidamente. 3 o 4 meses después de haber llegado, mi vida ya no era la de un novio oprimido sino la de un enfermero, cuidándola de sí misma y sus tres o cuatro crisis diarias. Jamás supe a ciencia cierta qué es lo que tenía, pero mientras evitaba sus intentos diarios de suicidio no tenía mucho tiempo de indagar en su condición.
Pronto mis cojines de la sala se convirtieron en el ala de un hospital psiquiátrico improvisado y todas las noches ella, su mamá y yo dormíamos ahí, siempre vigilando que durmiera, que no le diera una crisis a mitad de la noche y se lastimara. La casa dejó de tener cubiertos de metal; nada de agujas, nada de cables ni cuerdas; ventanas bien cerradas y las llaves escondidas. Era una locura, pun intended.
Como era de esperarse, mi familia se preocupó mucho por mí, pero aunque era desgastante, yo no notaba el cansancio. Yo la quería y creo que estaba resignado a que esa relación terminaría matándome. Acepté mi destino, creo.
La primera vez que la internamos en el Fray Bernardino, hospital psiquiátrico en Tlalpan, fue una de esas experiencias que jamás voy a olvidar. A eso de las 10 de la noche tuvo una crisis interminable y la dosis enorme de clonazepam que le forzamos a tomar por recomendación telefónica del psiquiatra no la calmó. Digo forzamos con toda la intención: yo deteniéndola de brazos y piernas y su mamá metiendo las pastillas en su boca; Paola disociada gritando como poseída, rasguños y mordidas en defensa propia, lágrimas, insultos, golpes, súplicas. Le hablábamos con calma forzada e intentábamos que entrara en razón pero nada funcionaba. Media hora después llegó la ambulancia y otra media hora de forcejear y tratar de convencerla todos íbamos camino al hospital. Me tocó a mí ir con ella detrás y no podía dejar de llorar. Me sentía culpable, asustado, cansado, desesperado. Ella seguía en trance, pero más tranquila.
No logro recordar qué pasó después, más allá del sentimiento de culpa y el vacío en su sala cuando yo regresaba de trabajar sabiendo que ella estaba internada. La visité algunas veces, supongo, pero creo que tengo medio bloqueado el recuerdo.
Regresó a casa alrededor de una semana después, más tranquila, asustada por su propia condición y frenándose de cualquier crisis por miedo a tener que volver al Fray Bernardino.
Creo recordar que las cosas estuvieron más tranquilas por un tiempo pero no fue así de fácil y su condición rápidamente volvió para tenernos ocupados las 24 horas. Al mínimo disgusto su cerebro explotaba, entraba la disociación y de nuevo sus enfermeros personales entrábamos en estado de emergencia. Uno de los sonidos que nunca voy a olvidar y que siempre será uno de esos miedos de pesadilla es el de ella tarareando una especie de canción de cuna para sí misma en sus episodios disociativos. Mmm--mmm--mmm--mmm... Era un murmullo rítmico, sin melodía. Su mirada viendo a la nada, su cuerpo laxo, sus reacciones lentas si no inexistentes y su murmullo constante. Escuchar eso a lo lejos era el presagio de otra noche de llorar mucho y dormir poco.
Tuvimos que internarla de nuevo. Esta segunda vez fue más sencilla, creo, sin ambulancia pero mucho más llanto en el coche.
No aguanté. No podía seguir viviendo esa vida, no podía seguir ignorando los rasguños en mis brazos, los gritos, la tensión, los golpes; las navajas que no sé de dónde sacaba, sus heridas autoprovocadas, las manchas de sangre en la alfombra, las ventanas abiertas, las horas eternas de calmarla. No pude seguir.
Regresamos a la casa devastados su mamá y yo y de inmediato empaqué mis cosas, le llamé a mi tía y dejé atrás ese lugar para cambiar de cama.
Dejé atrás, después de no sé si seis meses o un año, los cojines en la sala de Echegaray.
Tuvimos que internarla de nuevo. Esta segunda vez fue más sencilla, creo, sin ambulancia pero mucho más llanto en el coche.
No aguanté. No podía seguir viviendo esa vida, no podía seguir ignorando los rasguños en mis brazos, los gritos, la tensión, los golpes; las navajas que no sé de dónde sacaba, sus heridas autoprovocadas, las manchas de sangre en la alfombra, las ventanas abiertas, las horas eternas de calmarla. No pude seguir.
Dejé atrás, después de no sé si seis meses o un año, los cojines en la sala de Echegaray.
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