De las dos cobijas
Antes dormía en una cama matrimonial en mi departamento con mi novia y mi gato y miro hacia atrás y me cuesta un poco entender en qué momento se fue todo a la mierda. Creo que fue en abril, cuando dejé de tener cama. Ese fue para mí el punto de inflexión, la línea que marcó el antes y el después. De Netflix y mimos en la noche, a cervezas y cigarros en un cuarto vacío. Parkour. Mejor aún: ahora son caguamas en un baldío.
Pero bueno, es noviembre y sigo sin cama. Tengo dónde dormir pero no creo que el sillón de mi mamá cuente como una cama, ni su casa como mi casa, ni sus costumbres como las mías... que no tengo nada, pues. Un sillón prestado, mi laptop y un celular roto. Algunos libros que recuperé, los que no se quedaron en el departamento y que ya no leo, y la misma ropa de hace dos años. Hay salud primero Dios.
Capítulo 1: de las dos cobijas.
-¿Y si ya no andamos? -estábamos acostados en la cama, ya llevábamos un rato en una conversación larga de cómo lo nuestro ya no estaba funcionando tan bien.
-Pues... puede ser -le dije-. La neta ya no estamos tan bien como antes.
Lo primero que pensé fue que la boda de mi primo era la semana siguiente y ya estaba confirmado que los dos íbamos a ir. "¿Y a tu novia dónde la dejaste? ¿Apoco ya no están juntos?". De imaginarlo casi me da un ataque de ansiedad.
-Pero no es como que ya no nos hablemos ni nada, o sea...
-Sí, sí -la interrumpí-, o sea, podemos seguir chido pero ya no andando. No tenemos que dejarnos de hablar. Podemos seguirlo platicando bien en la semana, pero por mí no pasa nada, a lo mejor funcione.
Nos dormimos esa noche como si nada hubiera pasado y al otro día coexistimos como si nada hubiera pasado. El día de la boda empedamos como si nada hubiera pasado y cogimos como si nada hubiera pasado y platicamos y jugamos como si nada hubiera pasado. Primer error. Creo que nos tomó dos o tres semanas entender qué significaba que ya no fuéramos pareja, se sintió tan ligero y no oficial que creo que ni siquiera nos cayó el veinte de las implicaciones de lo que platicamos.
Seguimos así un par de semanas y creo que ahí empezó a arruinarse todo. Yo indiferente y ella pidiendo atención, o al menos así lo recuerdo. Nuestro error (o el mío) fue no comunicarnos bien, no establecer condiciones ni expresar nuestros deseos y cada quién interpretó la ruptura a su manera. Curioso que esas semanas en las que fuimos "amigos" discutimos más de lo que discutimos en toda nuestra relación:
"-¿Ya no me quieres?
-Sí, pero diferente.
-Entonces nunca me quisiste.
-Por supuesto que sí, pero ya no igual.
-Es que no entiendes lo que te estoy diciendo.
-¿Pues qué esperas de mí? Ya no somos novios."
Corro el riesgo de banalizar las conversaciones con este ejemplo, así que he de aclarar que ella tenía sus puntos y yo también. Que nunca fueron discusiones infantiles, pues.
Algunas semanas de discutir lo mismo y decidí irme del departamento. Empaqué todo, lo platiqué con ella y listo, me fui a casa de mi mamá. Dejé atrás mi cama.
Era abril. Me quedé sin cama desde abril.
Dormí en el sillón de mi mamá un mes mientras decidía qué hacer con mi vida pero volví al departamento. Lo primero que hice al regresar fue acondicionar el cuarto vacío que teníamos: saqué los triques, armé un escritorio con tablas viejas y me dispuse a vivir mi nueva vida en mi nuevo espacio. "A fin de cuentas sigue siendo mi departamento, yo también lo he pagado y yo también lo amueblé y tengo todo el derecho a estar en él".
La primera noche de dormir en mi nuevo cuarto fue mágica: me sentí liberado, renovado, emocionado. Desperté para trabajar, y sentarme frente a mis tablas viejas nuevo escritorio fue maravilloso: por fin era yo mismo, Jorge nada más, en mi cuarto, con mis reglas, mis tiempos y mi espacio. Una planta de decoración, algunos libros, un mueble sencillo y dos cobijas en el piso a modo de colchón. Uno duro, frío e incómodo pero mío, y nada como tener algo mío. Ella estaba contenta de tenerme de regreso y yo estaba contento de haber regresado. Ahora veo hacia atrás y extraño mi cuarto, mi escritorio y mi orden. Y la extraño a ella, al menos lo que teníamos antes de que todo se echara a perder. Había familiaridad, rutina, seguridad, compañía... cosas que llevo tiempo sin tener. Escucho el zumbido de la laptop mientras escribo esto y me recuerda a cuando me ponía a dibujar en mi cuarto, pasando tiempo solo, disfrutando el cambio y mi nueva independencia. Me ponía contento darle las buenas noches, saboreando ese momento de "yo me quedaré despierto otro rato. Que descanses". Era lo que esperaba: tener a alguien en mi vida pero teniendo mi propia vida también.
No es como que nuestra relación hubiera sido caótica y jamás hubo aprensividad ni celos pero esa independencia, ese paso de no ser dos sino uno fue lo que necesitaba. Me siento culpable por confesarlo pero es cierto, hay algo mal en mí y no funciono bien conviviendo con alguien. ¿Soy terrible? Probablemente, pero al principio esta nueva dinámica de relacionarnos me pareció refrescante, emocionante. Pero fue el principio del fin y tardé en darme cuenta. Pasé medio año en mi piso con cobijas y lo que primero fue un cambio favorable se convirtió rápidamente en una prisión y una excusa para lamentarme constantemente.
Las discusiones volvieron, y ahora que miro hacia atrás noto lo obvio de la situación: mi indiferencia y mis ganas de estar solo a ella la jodían de una manera que yo no entendía. Ella estaba sola y yo estaba solo, y cada quién vivía su soledad de forma diferente. Yo aislándome, y ella pidiendo ayuda. Ayuda que no le di, independencia que no me dio. Aunque honestamente si hay que buscar al malo de la historia, fui yo. Esta es la historia contada desde la experiencia del antagonista. Pero el resto de la historia y mi experiencia en mi cuarto vacío la guardo para el siguiente capítulo.
Fast forward al futuro, mediados de noviembre. Terminando con esto y cuando se me termine el alcohol iré al sillón a dormir. Mañana a falta de espacio trabajaré en el escritorio de mi hermano, comeré en el comedor de mi mamá y beberé en un baldío para que mi familia no note mi alcoholismo latente. Pienso mucho en el pasado, en cómo he vivido tantos cambios y cómo no tengo ni idea de qué haré en un futuro. No tengo casa, no tengo muebles y principalmente no tengo ganas de vivir. Es algo que le confesé algunas veces a Zaira, pero mi vida desde hace años, si no más de una década, es esperar a dos cosas: 1. un milagro que me salve, o 2. que me muera. Suena fuerte pero estoy acostumbrado, y no planeo morir para que no se preocupen, pero tampoco tengo muchas ganas de vivir.
¿Será por no tener cama? ¿Por haberme quedado sin cama desde abril?
Pero bueno, es noviembre y sigo sin cama. Tengo dónde dormir pero no creo que el sillón de mi mamá cuente como una cama, ni su casa como mi casa, ni sus costumbres como las mías... que no tengo nada, pues. Un sillón prestado, mi laptop y un celular roto. Algunos libros que recuperé, los que no se quedaron en el departamento y que ya no leo, y la misma ropa de hace dos años. Hay salud primero Dios.
Capítulo 1: de las dos cobijas.
-¿Y si ya no andamos? -estábamos acostados en la cama, ya llevábamos un rato en una conversación larga de cómo lo nuestro ya no estaba funcionando tan bien.
-Pues... puede ser -le dije-. La neta ya no estamos tan bien como antes.
Lo primero que pensé fue que la boda de mi primo era la semana siguiente y ya estaba confirmado que los dos íbamos a ir. "¿Y a tu novia dónde la dejaste? ¿Apoco ya no están juntos?". De imaginarlo casi me da un ataque de ansiedad.
-Pero no es como que ya no nos hablemos ni nada, o sea...
-Sí, sí -la interrumpí-, o sea, podemos seguir chido pero ya no andando. No tenemos que dejarnos de hablar. Podemos seguirlo platicando bien en la semana, pero por mí no pasa nada, a lo mejor funcione.
Nos dormimos esa noche como si nada hubiera pasado y al otro día coexistimos como si nada hubiera pasado. El día de la boda empedamos como si nada hubiera pasado y cogimos como si nada hubiera pasado y platicamos y jugamos como si nada hubiera pasado. Primer error. Creo que nos tomó dos o tres semanas entender qué significaba que ya no fuéramos pareja, se sintió tan ligero y no oficial que creo que ni siquiera nos cayó el veinte de las implicaciones de lo que platicamos.
Seguimos así un par de semanas y creo que ahí empezó a arruinarse todo. Yo indiferente y ella pidiendo atención, o al menos así lo recuerdo. Nuestro error (o el mío) fue no comunicarnos bien, no establecer condiciones ni expresar nuestros deseos y cada quién interpretó la ruptura a su manera. Curioso que esas semanas en las que fuimos "amigos" discutimos más de lo que discutimos en toda nuestra relación:
"-¿Ya no me quieres?
-Sí, pero diferente.
-Entonces nunca me quisiste.
-Por supuesto que sí, pero ya no igual.
-Es que no entiendes lo que te estoy diciendo.
-¿Pues qué esperas de mí? Ya no somos novios."
Corro el riesgo de banalizar las conversaciones con este ejemplo, así que he de aclarar que ella tenía sus puntos y yo también. Que nunca fueron discusiones infantiles, pues.
Algunas semanas de discutir lo mismo y decidí irme del departamento. Empaqué todo, lo platiqué con ella y listo, me fui a casa de mi mamá. Dejé atrás mi cama.
Era abril. Me quedé sin cama desde abril.
Dormí en el sillón de mi mamá un mes mientras decidía qué hacer con mi vida pero volví al departamento. Lo primero que hice al regresar fue acondicionar el cuarto vacío que teníamos: saqué los triques, armé un escritorio con tablas viejas y me dispuse a vivir mi nueva vida en mi nuevo espacio. "A fin de cuentas sigue siendo mi departamento, yo también lo he pagado y yo también lo amueblé y tengo todo el derecho a estar en él".
La primera noche de dormir en mi nuevo cuarto fue mágica: me sentí liberado, renovado, emocionado. Desperté para trabajar, y sentarme frente a mi
No es como que nuestra relación hubiera sido caótica y jamás hubo aprensividad ni celos pero esa independencia, ese paso de no ser dos sino uno fue lo que necesitaba. Me siento culpable por confesarlo pero es cierto, hay algo mal en mí y no funciono bien conviviendo con alguien. ¿Soy terrible? Probablemente, pero al principio esta nueva dinámica de relacionarnos me pareció refrescante, emocionante. Pero fue el principio del fin y tardé en darme cuenta. Pasé medio año en mi piso con cobijas y lo que primero fue un cambio favorable se convirtió rápidamente en una prisión y una excusa para lamentarme constantemente.
Las discusiones volvieron, y ahora que miro hacia atrás noto lo obvio de la situación: mi indiferencia y mis ganas de estar solo a ella la jodían de una manera que yo no entendía. Ella estaba sola y yo estaba solo, y cada quién vivía su soledad de forma diferente. Yo aislándome, y ella pidiendo ayuda. Ayuda que no le di, independencia que no me dio. Aunque honestamente si hay que buscar al malo de la historia, fui yo. Esta es la historia contada desde la experiencia del antagonista. Pero el resto de la historia y mi experiencia en mi cuarto vacío la guardo para el siguiente capítulo.
Fast forward al futuro, mediados de noviembre. Terminando con esto y cuando se me termine el alcohol iré al sillón a dormir. Mañana a falta de espacio trabajaré en el escritorio de mi hermano, comeré en el comedor de mi mamá y beberé en un baldío para que mi familia no note mi alcoholismo latente. Pienso mucho en el pasado, en cómo he vivido tantos cambios y cómo no tengo ni idea de qué haré en un futuro. No tengo casa, no tengo muebles y principalmente no tengo ganas de vivir. Es algo que le confesé algunas veces a Zaira, pero mi vida desde hace años, si no más de una década, es esperar a dos cosas: 1. un milagro que me salve, o 2. que me muera. Suena fuerte pero estoy acostumbrado, y no planeo morir para que no se preocupen, pero tampoco tengo muchas ganas de vivir.
¿Será por no tener cama? ¿Por haberme quedado sin cama desde abril?
Comments
Post a Comment