No quiero darle el gusto a la muerte de encontrarme en un mal momento
Tenía en borradores otra forma de escribir esta historia, una mucho más difícil, pero sabe quien me conoce que soy acérrimo fan de lo fácil. Perdóname, papá, pero si querías que siguiera con mi vida no puedo dedicarte este post. Lo intenté y se quedó como borrador por semanas. La vida es suficientemente complicada como para tener que fingir fuerza y valentía: si me voy a morir de todas formas, ¿por qué hacerme el resto del camino complicado? Y si quiero darle un cierre a este blog y a esta historia, no voy a hacer que me cueste. Quiero terminar.
El día de hoy tengo una cama nueva, una que compré yo, una que elegí yo, y hace años no dormía tan fácil como ahora. Me alegro mucho de haber elegido este enfoque para contar mi historia, porque mi vida de hoy la compré yo, la elegí yo. Como mi cama. Mi estado mental lo elegí yo, mi rutina la elegí yo. Elegí dónde dormir y por ahora va todo bien. Max me ha dicho que admira cómo puedo mudarme así de fácil, cómo puedo cambiar de vidas como si no fueran nada, y no entendía muy bien. No voy a decir que es un logro mudarme, porque lo he hecho toda mi vida, y una parte de mí se lamenta de que mi mayor logro en la vida sea irme a otro estado y seguir como si nada porque aspiro a tanto que lo que menos me importa es en dónde duermo. Por otro lado, tal vez entienda a qué se refiere: tengo el control absoluto de mi vida, y sí que costó errores, decepciones y comida robada, pero todavía no muero y vaya que a veces vivo.
Retomo la historia en donde la dejé: en el sillón prestado de mi mamá. Después del drama y los mil finales posibles que tenía mi historia, después de 4 meses de dormir en el sillón y trabajar en el estudio prestado, y justo cuando me veía perdido y derrotado, mi prima Karen me ofrece vivir en casa de su hermana, mi prima, Karla. Me dijo que lo pensara, pero no tardé más que un par de segundos en decidir que era lo que necesitaba. No lo entendía de adolescente, pero ahora veo cómo es que mi familia me ha salvado del hoyo en muchísimas ocasiones. Para como son las cosas me reconozco privilegiado, y lo acepto con muchísima humildad. No me gusta pedir ayuda pero sí que la he recibido.
Llevaba meses si no años soñando con mudarme a México, y cuando el plan tomó forma y la fecha se fijó, mi vida comenzó a tomar un rumbo definido. No voy a decir que estaba nervioso y tal vez ni siquiera emocionado, pero sí que me sentía raro por tener por primera vez en mucho tiempo un plan firme. Me mudé después de tres o cuatro semanas, el 7 de diciembre, y tardé otros tres o cuatro días en acondicionar mi cuarto. Barrí con mucha ayuda, pinté las paredes, me deshice de los muebles viejos y me acomodé en el que será por un buen tiempo mi nuevo espacio para existir. La primera cama que tuve acá, y que no mereció un post completo por haber estado conmigo no más que unas semanas, fue la que la habitación ya tenía: una matrimonial vieja y de colchón muy suave. Raro dormir en una cama vieja, pero era bienvenida. Así fueron mis primeros días acá, yo creo: se sentían viejos, familiares, fáciles. Se cruzaron las fiestas de diciembre y entre cenas y reuniones y pasar un buen tiempo en Querétaro, comencé mi vida real hasta pasado año nuevo. Volví a mi cuarto en México, con cama nueva y, ahora sí, con vida nueva. En un post anterior platiqué de cómo la tristeza me alcanzó, y aunque se tardó, sí llegó. Honestamente creí que iba a tardar más, pensé que se quedaría en Querétaro de vacaciones, pero a fin de cuentas está en mi cabeza, y si quiero vivir, necesito traerla conmigo. Con tristeza incluida. Me recuerda a un vídeo que vi alguna vez y que no sabría encontrar que habla de la depresión como un perro negro: siempre te acompaña, siempre te sigue, pero puedes elegir temerle o hacerte su amigo. Así yo con mi cabeza. Muchos años he intentado huir de ella, ignorarla, adormecerla; pero si quiero seguir con vida necesito que hagamos las paces. Esa idea me tiene más tranquilo y me ayuda a aceptar que soy una persona triste. No mala, no destruida, no inútil: solo triste. Y puedo ser feliz con ello, irónicamente. No pasa nada. Es algo que me gustaría poder explicar mucho mejor de lo que puedo, pero la tristeza no es mala. No es motivo de alarma, no es razón para preocuparse. Neta. Siempre he creído que hay personas que no nacen para vivir, y aunque no siempre soy una de ellas, lo entiendo.
Creo que esto es nomás una forma de decirle a quien me lea que a las personas tristes, o al menos a mí, no nos sirve el alarmismo. Simón, estoy triste, so what? Vayámonos de peda, juguemos LoL, platiquemos con unos cigarros. La vida sigue, no pasa nada. Aún así desde que hablo abiertamente de mi tonta cabeza he recibido muchas palabras de ayuda y no saben lo mucho que han significado. Es una frase prehecha: "no sabes lo mucho que significa", pero es que neta no saben. Lo agradezco montones. Sólo no se saquen de pedo. Life goes on, to each their own.
Voy a ir a Querétaro el jueves y me emociona. Pasaré casi una semana allá y será un buen respiro, aunque extrañamente no me hace mucha falta esta vez. Aquí, allá, ya no importa tanto.
Cuando vuelva haré cita para ir a terapia por primera vez en años y me da un poco de miedo. Miedo bueno, supongo. Es el último paso para vivir bien por ahora, y para mí, que amo lo fácil, es lo más difícil que tendré que hacer pero es necesario. Quiero funcionar, quiero dejar de tener miedo cuando me acerco a alguien, quiero reír de verdad, quiero dejar de preocuparme de lo que es y de lo que no es. A lo mejor estudiar una carrera, a lo mejor conseguir un buen trabajo. Una relación que funcione. No sé. Quiero avanzar porque no he conocido otra cosa aparte de la tristeza desde que tengo consciencia. Siempre he creído que si no me hubiera tocado esta cabeza ya estaría en la NASA, ya sería uno de esos vídeos virales que se olvidan en una semana del niño prodigio que se fue becado al extranjero; uno de esos jóvenes que en sus veintes están revolucionando las cosas. Pero no fue así. Estoy más cerca de los treinta que de los veinte y mi logro más grande es que no he muerto de hambre. Aún así acepto mi vida, acepto que nunca es tarde, acepto que si no he muerto de hambre es porque estoy donde debo estar, y que si estoy escribiendo este blog es porque estoy por mejorar.
Fast forward a este momento, y si leyeron el último párrafo del primer post del blog, entenderán por qué termino con este párrafo el último. Terminando con esto y cuando se me termine el alcohol iré a mi cama a dormir. Mañana, en mi espacio, trabajaré acompañado, comeré acompañado y muy probablemente no tenga necesidad de beber. Ya no, ojalá. Pienso mucho en el pasado, en cómo he vivido tantos cambios y cómo apenas me estoy formando una idea de qué haré en un futuro. Por el momento no tengo una casa, pero tengo en dónde vivir, y estoy agradecido. Cómodo. Poco a poco me hago de mis muebles, y así como con ellos, también adquiero poco a poco ganas de vivir. Esto es algo que le confesé algunas veces a Zaira, pero mi vida desde hace años, si no más de una década, es esperar a dos cosas: 1. un milagro que me salve, o 2. que me muera. Suena fuerte pero estoy acostumbrado, y no planeo morir para que no se preocupen. Estoy en proceso de encontrar mi motivo para vivir, de una vez por todas. El tiempo no perdona y no quiero darle el gusto a la muerte de encontrarme en un mal momento. No quiero sonar optimista, pero sé que me esperan cosas buenas. ¿Será porque por fin tengo una cama? ¿Será que es porque por fin se terminó ese abril?
Fuera del post, and on a lighter note, quiero agradecer a quienes hayan seguido esta historia; mi historia. Como dije al principio del post, no quiero complicarme de más, y sé que aunque me faltaron cosas que contar, estoy satisfecho con lo que escribí. Espero no volver a necesitar este blog, aunque puede que de vez en cuando escriba acá. Y como siempre, entre tristes nos entendemos, así que por favor no duden en hablarme cuando algo les haga falta. Este blog fue lo más improvisado de la vida y ojalá hubiera tenido la determinación para hacer de esto algo con una mejor estructura, pero honestamente tampoco me importa tanto. Quería escribir y lo hice.
Lo que más me sorprendió de este viaje fue descubrir que hay tantas personas que me rodean que entienden de lo que hablo. Ansiedad, depresión; no son condiciones tan raras como podríamos pensar. Lo dije desde el principio: mi historia no es única ni irrepetible. Soy una persona más de este montón de rechazadxs que sabemos cómo es ser una persona triste, y que desde nuestras propias experiencias y nuestras propias perspectivas, sabemos seguir adelante. Gracias por leerme y ojalá nunca volvamos a leernos por acá.
Lxs amo.
El día de hoy tengo una cama nueva, una que compré yo, una que elegí yo, y hace años no dormía tan fácil como ahora. Me alegro mucho de haber elegido este enfoque para contar mi historia, porque mi vida de hoy la compré yo, la elegí yo. Como mi cama. Mi estado mental lo elegí yo, mi rutina la elegí yo. Elegí dónde dormir y por ahora va todo bien. Max me ha dicho que admira cómo puedo mudarme así de fácil, cómo puedo cambiar de vidas como si no fueran nada, y no entendía muy bien. No voy a decir que es un logro mudarme, porque lo he hecho toda mi vida, y una parte de mí se lamenta de que mi mayor logro en la vida sea irme a otro estado y seguir como si nada porque aspiro a tanto que lo que menos me importa es en dónde duermo. Por otro lado, tal vez entienda a qué se refiere: tengo el control absoluto de mi vida, y sí que costó errores, decepciones y comida robada, pero todavía no muero y vaya que a veces vivo.
Retomo la historia en donde la dejé: en el sillón prestado de mi mamá. Después del drama y los mil finales posibles que tenía mi historia, después de 4 meses de dormir en el sillón y trabajar en el estudio prestado, y justo cuando me veía perdido y derrotado, mi prima Karen me ofrece vivir en casa de su hermana, mi prima, Karla. Me dijo que lo pensara, pero no tardé más que un par de segundos en decidir que era lo que necesitaba. No lo entendía de adolescente, pero ahora veo cómo es que mi familia me ha salvado del hoyo en muchísimas ocasiones. Para como son las cosas me reconozco privilegiado, y lo acepto con muchísima humildad. No me gusta pedir ayuda pero sí que la he recibido.
Llevaba meses si no años soñando con mudarme a México, y cuando el plan tomó forma y la fecha se fijó, mi vida comenzó a tomar un rumbo definido. No voy a decir que estaba nervioso y tal vez ni siquiera emocionado, pero sí que me sentía raro por tener por primera vez en mucho tiempo un plan firme. Me mudé después de tres o cuatro semanas, el 7 de diciembre, y tardé otros tres o cuatro días en acondicionar mi cuarto. Barrí con mucha ayuda, pinté las paredes, me deshice de los muebles viejos y me acomodé en el que será por un buen tiempo mi nuevo espacio para existir. La primera cama que tuve acá, y que no mereció un post completo por haber estado conmigo no más que unas semanas, fue la que la habitación ya tenía: una matrimonial vieja y de colchón muy suave. Raro dormir en una cama vieja, pero era bienvenida. Así fueron mis primeros días acá, yo creo: se sentían viejos, familiares, fáciles. Se cruzaron las fiestas de diciembre y entre cenas y reuniones y pasar un buen tiempo en Querétaro, comencé mi vida real hasta pasado año nuevo. Volví a mi cuarto en México, con cama nueva y, ahora sí, con vida nueva. En un post anterior platiqué de cómo la tristeza me alcanzó, y aunque se tardó, sí llegó. Honestamente creí que iba a tardar más, pensé que se quedaría en Querétaro de vacaciones, pero a fin de cuentas está en mi cabeza, y si quiero vivir, necesito traerla conmigo. Con tristeza incluida. Me recuerda a un vídeo que vi alguna vez y que no sabría encontrar que habla de la depresión como un perro negro: siempre te acompaña, siempre te sigue, pero puedes elegir temerle o hacerte su amigo. Así yo con mi cabeza. Muchos años he intentado huir de ella, ignorarla, adormecerla; pero si quiero seguir con vida necesito que hagamos las paces. Esa idea me tiene más tranquilo y me ayuda a aceptar que soy una persona triste. No mala, no destruida, no inútil: solo triste. Y puedo ser feliz con ello, irónicamente. No pasa nada. Es algo que me gustaría poder explicar mucho mejor de lo que puedo, pero la tristeza no es mala. No es motivo de alarma, no es razón para preocuparse. Neta. Siempre he creído que hay personas que no nacen para vivir, y aunque no siempre soy una de ellas, lo entiendo.
Creo que esto es nomás una forma de decirle a quien me lea que a las personas tristes, o al menos a mí, no nos sirve el alarmismo. Simón, estoy triste, so what? Vayámonos de peda, juguemos LoL, platiquemos con unos cigarros. La vida sigue, no pasa nada. Aún así desde que hablo abiertamente de mi tonta cabeza he recibido muchas palabras de ayuda y no saben lo mucho que han significado. Es una frase prehecha: "no sabes lo mucho que significa", pero es que neta no saben. Lo agradezco montones. Sólo no se saquen de pedo. Life goes on, to each their own.
Voy a ir a Querétaro el jueves y me emociona. Pasaré casi una semana allá y será un buen respiro, aunque extrañamente no me hace mucha falta esta vez. Aquí, allá, ya no importa tanto.
Cuando vuelva haré cita para ir a terapia por primera vez en años y me da un poco de miedo. Miedo bueno, supongo. Es el último paso para vivir bien por ahora, y para mí, que amo lo fácil, es lo más difícil que tendré que hacer pero es necesario. Quiero funcionar, quiero dejar de tener miedo cuando me acerco a alguien, quiero reír de verdad, quiero dejar de preocuparme de lo que es y de lo que no es. A lo mejor estudiar una carrera, a lo mejor conseguir un buen trabajo. Una relación que funcione. No sé. Quiero avanzar porque no he conocido otra cosa aparte de la tristeza desde que tengo consciencia. Siempre he creído que si no me hubiera tocado esta cabeza ya estaría en la NASA, ya sería uno de esos vídeos virales que se olvidan en una semana del niño prodigio que se fue becado al extranjero; uno de esos jóvenes que en sus veintes están revolucionando las cosas. Pero no fue así. Estoy más cerca de los treinta que de los veinte y mi logro más grande es que no he muerto de hambre. Aún así acepto mi vida, acepto que nunca es tarde, acepto que si no he muerto de hambre es porque estoy donde debo estar, y que si estoy escribiendo este blog es porque estoy por mejorar.
Fast forward a este momento, y si leyeron el último párrafo del primer post del blog, entenderán por qué termino con este párrafo el último. Terminando con esto y cuando se me termine el alcohol iré a mi cama a dormir. Mañana, en mi espacio, trabajaré acompañado, comeré acompañado y muy probablemente no tenga necesidad de beber. Ya no, ojalá. Pienso mucho en el pasado, en cómo he vivido tantos cambios y cómo apenas me estoy formando una idea de qué haré en un futuro. Por el momento no tengo una casa, pero tengo en dónde vivir, y estoy agradecido. Cómodo. Poco a poco me hago de mis muebles, y así como con ellos, también adquiero poco a poco ganas de vivir. Esto es algo que le confesé algunas veces a Zaira, pero mi vida desde hace años, si no más de una década, es esperar a dos cosas: 1. un milagro que me salve, o 2. que me muera. Suena fuerte pero estoy acostumbrado, y no planeo morir para que no se preocupen. Estoy en proceso de encontrar mi motivo para vivir, de una vez por todas. El tiempo no perdona y no quiero darle el gusto a la muerte de encontrarme en un mal momento. No quiero sonar optimista, pero sé que me esperan cosas buenas. ¿Será porque por fin tengo una cama? ¿Será que es porque por fin se terminó ese abril?
Fuera del post, and on a lighter note, quiero agradecer a quienes hayan seguido esta historia; mi historia. Como dije al principio del post, no quiero complicarme de más, y sé que aunque me faltaron cosas que contar, estoy satisfecho con lo que escribí. Espero no volver a necesitar este blog, aunque puede que de vez en cuando escriba acá. Y como siempre, entre tristes nos entendemos, así que por favor no duden en hablarme cuando algo les haga falta. Este blog fue lo más improvisado de la vida y ojalá hubiera tenido la determinación para hacer de esto algo con una mejor estructura, pero honestamente tampoco me importa tanto. Quería escribir y lo hice.
Lo que más me sorprendió de este viaje fue descubrir que hay tantas personas que me rodean que entienden de lo que hablo. Ansiedad, depresión; no son condiciones tan raras como podríamos pensar. Lo dije desde el principio: mi historia no es única ni irrepetible. Soy una persona más de este montón de rechazadxs que sabemos cómo es ser una persona triste, y que desde nuestras propias experiencias y nuestras propias perspectivas, sabemos seguir adelante. Gracias por leerme y ojalá nunca volvamos a leernos por acá.
Lxs amo.
Comments
Post a Comment